miércoles, 5 de noviembre de 2014

¿VUELVEN LOS SEÑORES FEUDALES?

El “Estado de Derecho Burgués” es hoy una estructura interiormente destruida, vacía de contenido y de funcionalidad. Al terminar la II Guerra Mundial hubo una empresa alemana que había perdido todas sus fábricas y carecía totalmente de producción industrial. Tan solo quedaban en pie sus oficinas centrales. Pero estas seguían funcionando con plena actividad. Como aquellas oficinas que funcionaban en el vacío, los Estados actuales siguen manteniendo en actividad a sus funcionarios, que llevan papeles de un lugar a otro, guardan archivos en los ordenadores y se mandan mensajes a través de los teléfonos alámbricos e inalámbricos, pero sin que esa actividad tenga ya nada que ver con la vida real que pretenden representar y a la que fingen gobernar. El “Estado de Derecho” y su “democracia” son ficciones. Conservan de su funcionalidad pasada el aspecto exterior, la fachada de un sistema que la dinámica social ha dejado obsoleto. No resuelven los problemas reales: el paro endémico; el empobrecimiento del grueso de la población; la escasez que aqueja, a nivel de hambruna, a los más desfavorecidos; la desigualdad creciente; la dilapidación de talentos por un sistema educativo cada vez más inepto; la ausencia de perspectivas de futuro para tantos; la expropiación de la vida personal… Ha dejado de ser útil para la burguesía porque ya no es la burguesía la que manda, apoyada por la pequeña burguesía que estaba a su servicio. Subrepticiamente el poder de la burguesía ha sido sustituido por un nuevo poder invisible o apenas vislumbrable.

    Para algunos pensadores como Hans-Jürgen Krysmanski [0,1% Das Imperium der Milliardäre (0,1% El Imperio de los milmillonarios), Westend Verlag, Frankfurt am Main 2012] y Jean Ziegler estamos experimentando una re-feudalización de las sociedades “desarrolladas”, impulsada por unas élites cada vez más exclusivas y en gran parte ocultas. El mundo de la “globalización” obedece ciegamente a los intereses de estas élites que cada vez más se comportan como si habitaran en otro planeta. Tal vez se deba a esta percepción centrada en una realidad excluidora su insensibilidad e indiferencia para problemas realmente globales como el cambio climático, el agotamiento de los recursos o la creciente incapacidad de la Tierra para recuperarse de los efectos de la contaminación y de su uso como sumidero. Se comportan, en efecto, como si dispusieran de un planeta de reserva donde podrían seguir dando rienda suelta a su insaciable avaricia de riquezas y poder.

    Otro fenómeno significativo puede ser el descaro con el que se practica la corrupción, tan conspicua como inútilmente denunciada. La casta de políticos descreídos de la democracia la ha convertido en un sobrentendido del propio ejercicio de la política, en una confesión implícita de la inutilidad de todo intento de cambio por parte de la acción pública dentro de los deformes marcos legislativos impuestos por el poder real desde la sombra que lo protege. ¿Qué procesos han llevado a esta transformación de la realidad del poder ante nuestros ojos sin que nos hayamos percatado de ella? Básicamente una acumulación de la riqueza sin precedente en toda la historia de la humanidad. “La cuestión de la riqueza puede y debe contestarse en distintos planos. En primer lugar tenemos el tema de las concentraciones de bienes y capital. Los ricos son cada vez más ricos, también y precisamente en Europa. Esta afirmación se basa en gran cantidad de indicios empíricos y estadísticos, aun cuando, hasta ahora, no han sido en modo alguno estudiados y analizados de manera sistemática. E incluso en relación con la pregunta de qué sea, en las circunstancias actuales, la propiedad –e inclusive el dinero– falta un esclarecimiento. En segundo lugar se trata de un problema de teoría de las clases, esto es, de la cuestión de si se está formando una (nueva) clase dominante en base a estos procesos de acumulación. Existen a este respecto diversos inicios de explicación, pero dista de haber consenso entre los observadores críticos del capitalismo. Y, en tercer lugar, se requiere una definición, específica de la época, de este proceso de acumulación sin precedente. A título de intento yo terminaré proponiendo que se hable de una refeudalización de Europa de alta tecnología sobre una base capitalista.”
[1]

    Para Krysmanski es todavía prematuro postular la existencia, por ejemplo, de una nueva “clase dominante europea” después de siglo y medio de análisis, marxista y no marxista, de las clases, pues se expone a la simplificación y mitologización del concepto. “De ahí que intente empezar por exponer quienes son los actores y los beneficiarios de una refeudalización de Europa, de alta tecnología, sobre una base capitalista, como red compleja de élites que en parte cooperan y en parte compiten entre sí.”
[2] A esta red la define Krysmanski como “aparato de poder del dinero”. Y este aparato empiezan a reconocerlo como propio una serie de grupos sumamente significativos:
    “1) La riqueza dinástica heredada a través de generaciones;
     2) la nobleza europea, todavía poderosa;
     3) la nueva riqueza acumulada en tiempo record por medio de innovaciones técnicas, financieras y de estrategias de fomento del consumo;
     4) oligarcas que han ascendido gracias a corruptas prácticas de privatización;
     5) milmillonarios mafiosos.”[3]

    Cuando hablamos de capitalismo, tenemos así pues que empezar por preguntarnos –dice Krysmanski– de qué capitalismo estamos hablando. El capitalismo accionario regulado por el Estado, que introdujera el New Deal en Estados Unidos, ha pasado a mejor vida y ha sido suplantado por un capitalismo de rapiña que solo busca el más rápido enriquecimiento a base de aumentar los dividendos y la valoración en bolsa de las acciones. “Las consecuencias prácticas son una constante presión para reducir los salarios y las demás aspiraciones de los trabajadores (lo que en muchos casos ha conducido al robo de las pensiones y a otros delitos), así como la propaganda política y la actividad de los lobbies a favor de bajar los impuestos de las empresas con los que podría financiarse el gasto público.”[4]
 
    En Europa, la riqueza en manos privadas se ha multiplicado desde los años 90 del pasado siglo adquiriendo unas dimensiones que se antojan irreales. Mientras en 1982 las 100 personas más ricas tenían una fortuna valorada, como promedio, en 230 millones de dólares, en 2005 el promedio se establecía en 2.600 millones por cabeza (¡más de un 1.000 por 100 en 23 años!). El informe de Merril Lynch sobre la riqueza correspondiente a 2006, de “individuos con un valor superior” (no como individuos sino como ricos), era de 33 billones de dólares. Estos individuos eran por aquellas fechas un total de 8.700.000, pero 85.400 de ellos, con un “valor” neto ultraelevado, poseían ya una fortuna p.c. de 30 millones o más. Piénsese que, desde que se inició la llamada “crisis” (en realidad un período de hiperexplotación y saqueo de las clases trabajadoras y subordinadas del mundo y de “recapitalización” del capitalismo), la riqueza ha seguido un proceso de concentración acelerada. En efecto: según El País del 14 de octubre de 2014, que cita como fuente el Informe de Riqueza Mundial de Credit Suisse, en España el número de millonarios ha crecido un ¡24% en un año!, alcanzando la cifra total de 465.000 personas (no se sabe cuántos de ellos han alcanzado esta condición gracias a la corrupción rampante o alguna otra forma de actividad ilícita; ni tan siquiera si los enriquecidos por manejos ilegales figuran en las estadísticas o se ocultan tras el secreto bancario). Entre ellos se cuentan ya 1.766 ultrarricos (UHNWI o Ultra High Net Worth Individuals), poseedores de una fortuna superior a 50 millones de dólares (20 millones más que en 2005) o 39 millones de euros.  Credit Suisse calcula que el número de millonarios en el mundo crecerá en un 53% en los próximos cinco años, alcanzando 53,2 millones en 2019 (recordemos que en 2005 eran 8,7 millones “solamente”).

    No hay que preguntarse qué relación existe entre este gigantesco proceso sifónico de acumulación y la muerte por desnutrición o enfermedades curables, la desigualdad en la esperanza de vida entre pobres y ricos, los millones de individuos que no pueden desarrollar sus posibilidades natas y llevar una vida digna de llamarse humana. En un mundo de relaciones cada vez más complejas, esta es una directísima relación de causa-efecto, hasta el punto de que puede calcularse fácilmente la cantidad de “valor” que acumulan en su conjunto los ricos por cada ser humano que muere prematura e innecesariamente. Como es lógico, este cálculo no lo ofrecen los diferentes informes sobre la riqueza.

    Hagamos un pequeño experimento mental: imaginemos un mundo evolucionado donde existiera un tribunal mundial que admitiera acusaciones contra los acumuladores de “valor”, que relacionasen el proceso de acumulación con el daño causado a vidas humanas, o también, por qué no, con los daños causados al medio ambiente, asimismo relacionados con el proceso acumulador. Es evidente que no tardaría en evitarse el obsceno exhibicionismo de la riqueza, cuya función es, aparte del disfrute personal, la de demostración de pertenecer a élites exclusivas. Mientras disminuye, para muchas capas sociales, el gasto en alimentación, en salud y en educación, aumentan las compras de mansiones, de joyas, de modelos de prendas exclusivas, de obras de arte, de automóviles de alta gama, de yates cada vez más grandes y costosos, de aviones a reacción privados. Incluso hay multimillonarios que han adquirido aviones Boeing 747 y 777 para su servicio personal. Todo ello está también en función del poder.
 
    “Expresado en términos de la teoría –dice Krysmanski en el texto ya reseñado–, la élite del dinero personifica, en el actual ciclo de expansión financiera, la liberación de grandes sumas de su forma de mercancía, transformando directamente la riqueza en forma de poder. No solo se monetariza la política, la dominación, el poder, sino que la élite del dinero está en situación de convertir los valores monetarios, de las más diversas maneras, en poder. Esto es en el fondo un antiquísimo proceso basado en el hecho de que con el dinero no solo se hace más dinero, sino que se hace ‘todo’.”

    Krysmanski cita los Manuscritos filosóficos y económicos de 1844 de Marx: “Lo que el dinero es para mí, lo que puedo pagar, e.d., lo que el dinero puede comprar, eso soy yo, el dueño del dinero… Las características del dinero son mis características –las de su poseedor– y las fuerzas de mi carácter. Lo que soy y lo que soy capaz de hacer no lo determina así pues, en absoluto, mi individualidad. Soy feo pero puedo comprarme la mujer más hermosa. Por tanto no soy feo… soy una persona malvada, falsa, sin conciencia, insustancial, pero el dinero infunde respeto, por tanto también quien lo posee. El dinero es el sumo bien, su poseedor es por tanto bueno… carezco de espíritu, pero el dinero es el espíritu de todas las cosas. ¿Cómo podría un poseedor carecer de espíritu? Además puede comprar a la gente de mayor ingenio, y quien tiene el poder sobre los más ingeniosos, ¿no es acaso más ingenioso que el más dotado de ingenio?”
[5]
 
    También ha pasado a mejor vida la “soberanía de los Estados”. Y no digamos ya la de los pueblos. La nueva forma de soberanía está en manos de una nueva capa servil que constituye el estado mayor del ejército de expertos y “sabios” que instrumentaliza la información y el conocimiento y establece las normas (o falta de normas) por las que se rige la vida social por detrás y por encima de las legislaciones estatales cada vez más carentes de aplicación o de eficacia reales. Esta nueva élite del poder técnico está totalmente al servicio de los dictados e intereses de la élite del dinero. Importante es señalar que entre la élite del dinero y las distintas élites auxiliares (los altos ejecutivos y administradores, políticos, tecnócratas, y élites culturales) no existen apenas intercambios personales. La élite formada por los dueños del dinero tiende a la “endogamia o formación de dinastías según el modelo aristocrático”
[6], y el ascenso a ella es sumamente infrecuente incluso para los más poderosos de las élites secundarias. El dinero se transmite por herencia. Los que ocupan los altos cargos siempre pueden ser sustituidos o caer en desgracia. La élite capitalista no mete las manos directamente en la masa de las funciones administrativas, de la política o de la cultura. Deja incluso estas labores para otros, que trabajan por cuenta de ella y en su interés.  Aunque, naturalmente, quienes ocupan los escalones más altos en las élites auxiliares tratan de fundar su propia “noblesse de robe” (nobleza en función del cargo), favoreciendo que sus vástagos puedan prepararse en los centros de formación más exclusivo, como la ENA (la Escuela Nacional de Administración francesa) y aspiren, con ayuda de sus influencias, a ocupar puestos como los suyos. Las altísimas remuneraciones que obtienen estos individuos no guardan, por lo demás, proporción con nada a lo que se pudiera considerar “mérito” o “rendimiento”. Son, simplemente, los que tienen posiciones más próximas a la sala de mando del aparato de poder del dinero y más influyen en las estrategias de la acumulación a corto plazo.

    “En los últimos decenios –dice Jean Ziegler– se han producido en la Tierra cantidades de riqueza increíbles: en los doce años últimos se ha triplicado el comercio, casi se ha duplicado el producto interior bruto. Por primera vez en la historia del mundo se ha conseguido superar la escasez objetiva y sería posible materialmente realizar la utopía de la felicidad general. Y precisamente ahora nos encontramos con una brutal refeudalización masiva. Los nuevos señores coloniales, las empresas multinacionales –yo los llamo cosmócratas– se apoderan de las riquezas del mundo. Esta nueva dominación feudal es mil veces más brutal que la de la aristocracia en los tiempos en los que se produjo la Revolución Francesa… la teoría legitimadora de las grandes empresas es el consenso de Washington. Según ella tiene que producirse una liberalización a escala mundial: tienen que privatizarse todos los bienes, todo el capital y la totalidad de los servicios en todos los ámbitos de la vida. Según este consenso no existen los bienes públicos, tales como el agua. Las multinacionales toman posesión incluso de los genes, humanos, animales y vegetales, y los patentan. Todo se somete al principio de la maximación del beneficio. Para ello, las multinacionales recurren a dos armas de exterminio masivo: el hambre y el endeudamiento. El resultado es absolutamente terrible… Este orden mundial caníbal supone el final de todos los valores y las instituciones de la Ilustración, bajo los que hasta ahora habíamos vivido, el final de los valores fundamentales, de los derechos humanos. O bien se consigue quebrar la violencia estructural de las grandes empresas, o tendremos que dar por acabada la democracia, esta civilización tal como se establece en el artículo 111 de la Carta de las Naciones Unidas o en la Constitución alemana. Y vendrá la ley de la jungla.”

    El sociólogo norteamericano Richard Sennett afirma que el capitalismo es antidemocrático en su tendencia fundamental. Conduce a una forma blanda de fascismo [e.d., sin la parafernalia ni la institucionalización formal de los Estados fascistas], un fascismo “soft” [implícito en la programación de su funcionamiento]. “Estas redes –dice Sennett– proporcionan a los directivos la libertad de hacer cosas que sería imposible hacer dentro de las estructuras formales de una empresa. De este modo, el poder escapa sencillamente a la percepción y se hace invisible. Los ciudadanos ya no tienen sitio alguno en la esfera política.
[7]
 
    Los nuevos señores feudales están bien armados. Disponen, a través del poder del dinero, de policías privadas y de ejércitos mercenarios (en Iraq, sus efectivos han llegado a ser más numerosos que los de los ejércitos regulares “aliados” en el increíble proceso de destrucción de todas las estructuras de la sociedad iraquí, y han facilitado la gigantesca rapiña de los contratistas privados), y llevan al mundo, por medio de sus intervenciones bélicas o “pacíficas” a una situación de nuda lucha por la supervivencia.

    Incluso las “catástrofes naturales” en el suelo de la metrópolis todavía más rica y poderosa, los Estados Unidos, como la destrucción hace unos años de la ciudad de Nueva Orleáns por el huracán Katrina, ante la asombrosa pasividad de Washington (y de su inútil presidente George W. Bush, inútil para su pueblo pero utilísimo para los predadores capitalistas), equiparable a la del gobierno de Haití frente al terremoto que asoló el país, son ávidamente aprovechadas por una auténtica bandada de buitres (con perdón de las aves así llamadas, que cumplen una utilísima función dentro del equilibrio ecológico) que han convertido la carroña en jugosos “beneficios”,  y han recurrido a toda serie de prácticas ilícitas para “reconstruir” reestructurando la ocupación del suelo en favor de los “blancos”, la parte de la población mejor situada. Y estos carroñeros no son formalmente mafiosos, sino respetables bancos, inmobiliarias y empresas de seguros.

    “También el ancho campo de las operaciones de distribución mediante la corrupción desnuda cae dentro del tema del hundimiento de los sistemas de reglas de la sociedad burguesa y forma parte del recurso de los poderosos del dinero a estructuras de dominación absolutistas y feudales, apoyadas en técnicas de la información.”
[8]

    Ante este panorama, en sí nada esperanzador, a los que no están totalmente sometidos por la alienación ideológica que propician las instituciones del sistema, la educación controlada, la casi totalidad de los medios de comunicación y “entretenimiento” y las prácticas sociales dominantes, se les impone investigar a fondo esta oscura realidad, difundir en todo lo posible sus hipótesis y hallazgos, y empezar a diseñar formas de actuación que puedan contrarrestar este poder hoy incontrolable. También la acción, guiada por un creciente esclarecimiento, es potencialmente un poder, y este poder es susceptible de coordinarse, organizarse y construir estructuras desde las que aumentar su eficacia. Importante es que esas estructuras no se contaminen por los hábitos desarrollados bajo el sometimiento, lo que las convertiría en inútiles para el fin buscado: la liberación de un sistema cada vez más angustiosamente opresor, origen de la asfixia que individualmente sentimos de manera creciente.

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[1] H-J Krysmanski, Der stille Klassenkampf von oben. Strukturen und Akteure des Reichtums, en Linksnet, Red para política de izquierdas y ciencia. Consultada el 3/10/2014.
[2] Ib.
[3] Ib.
[4] William Pfaff, Capitalism under fire , International Herald Tribune, 30 de marzo de 2006. Cit. por Krysmanski, ib.
[5] Karl Marx y Friedrich Engels, Werke. Ergänzungsband I. Dietz Verlag, Berlin (DDR) 1968, p. 564 s.
[6] Krysmanski, op.cit.
[7] Richard Sennett, Das Diktat de Politmanager, en Freitag, 32, 12-8-2014, cit. Por Krysmanski, ib.
[8] Krysmanski, ib.

martes, 7 de octubre de 2014

“DARWINISMO” REVOLUCIONARIO

Es necesario, aparte de la praxis dialéctica, un “darwinismo” revolucionario de las formas de acción de los procesos (revolucionarios) de cambio, una selección natural (no manejada por camarillas de “poder”, presentes incluso donde ni siquiera hay poder, pero dotadas de capacidad conspiratoria) de las más eficientes, juzgadas por datos verídicos y criterios ecuánimes y bien afilados.

LA BANDA DE DELINCUENTES QUE “RECAUDA” EL MAYOR BOTIN EN ESTADOS UNIDOS

Está constituida no por asaltantes de bancos ni de gasolineras, sino por honorables y prósperos empresarios, que no se limitan a llevar a cabo una gran cruzada contra los derechos y las condiciones de trabajo de los empleados peor pagados (muchas veces por debajo del salario mínimo legal), sino que les sustraen de la paga pactada un promedio de aproximadamente un 13%. Multiplicada por varios millones de trabajadores, esta sustracción, que al cabo del año supone más de 2.000 dólares por cada uno, significa una cifra muy superior a la que consiguen todos los asaltantes de bancos y de gasolineras del país y todos los robos en tiendas y almacenes [1].

    Una institución cuyo nombre parecería indicar seriedad y respetabilidad, la Cámara de Comercio de Estados Unidos, está al frente de un nutrido número de grandes empresas formando una apretada piña de intereses que se jacta de haber conseguido una gran victoria en su lucha contra las organizaciones sindicales (intensas y extensas campañas para desacreditar a los sindicatos, iniciativas legislativas, aprobadas en el Congreso y en los parlamentos de los distintos estados de la Unión dominados por mayorías conservadoras, para dificultar la labor sindical y la misma existencia de los sindicatos de trabajadores).

    En el caso de los trabajadores más empobrecidos –en su gran mayoría mujeres e inmigrantes– éstos ni siquiera están sindicados, porque las leyes vigentes y las intimidaciones de los patronos lo impiden, y por lo tanto ni siquiera pueden negociar colectivamente sus salarios y condiciones de trabajo. Pese a lo cual ha habido un resurgimiento organizativo de estos asalariados, que han fundado “centros de trabajadores” y otras estructuras de base que han conseguido éxitos considerables, sobre todo dejándose oír por la opinión pública y en algunas asambleas legislativas.

    Los grandes intereses no han tardado en contraatacar. La artillería pesada del Capital refuerza el lanzamiento de sus andanadas anti-obreras, y describe a estas nuevas infraestructuras, fruto del ingenio y el esfuerzo personal de las trabajadoras y los trabajadores, como un nuevo y peligrosísimo monstruo dispuesto a robarle el bienestar a “los verdaderos norteamericanos” (a las clases pudientes y propietarias). Cuando lo cierto es que los beneficios de los últimos años de relativa recuperación han sido absorbidos, en un 95%, por el 1% de los mayores perceptores de renta, mientras los niveles de desigualdad retrotraen al país a las primeras décadas del siglo XX, cuando campaban por sus respetos los “robberbarons” [barones bandidos] que prepararon la gran crisis de 1929. Estos delincuentes del capitalismo no han desaparecido; tan solo han cambiado de disfraz.

    Cuando se leen algunos titulares y algunas pancartas de manifestantes relacionados con esta práctica delincuente, convertida hoy en forma habitual de funcionamiento de tantos empresarios, se piensa primeramente que tendrán un sentido figurado y que aluden a los salarios forzados a la baja por la “crisis” financiero-económica que el capital especulativo hace recorrer el mundo como un vendaval devastador. La lectura de los textos correspondientes demuestra sin embargo que no es así, que el robo de salarios es literalmente una práctica generalizada del mundo de los negocios norteamericano. Realmente se ha convertido en una nueva industria del capitalismo desembridado: “the way they do business”, según Sally Dworak-Fisher, principal abogada de la división de Justicia en el puesto de trabajo, del Public Justice Center de Baltimore [2].

    “El fenómeno del robo de salarios es especialmente cínico dada la cantidad de dinero que los trabajadores perceptores de salarios bajos produce ya para sus empleadores. Por ejemplo, McDonald’s [que emplea 440.000 trabajadores en todo el mundo] obtiene unos ingresos de 65.000 dólares anuales por cada trabajador, según un informe del blog ‘24/7 Wall Street’, desdeñosamente titulado ‘Las empresas con los empleados menos valiosos’,” comenta la ya citada M. Strauss en su trabajo “Dinero oscuro, Guerra sucia. La Cruzada corporativa contra los trabajadores que perciben salarios mínimos”, publicado por The Public Eye.

    Los empresarios ladrones no solo reducen el salario a sus trabajadores acortando en sus contratos la jornada laboral, al tiempo que luego les exigen empezar antes de su hora, salir más tarde sin pagarles ese tiempo de más, recortar o suprimir el tiempo para comer y negarse a abonarles el salario cuando están de baja por enfermedad, sino que llevan a cabo una furiosa y creciente campaña contra ellos, a base de anuncios pagados en la prensa, panfletos y otras publicaciones, presiones de sus lobbies en las legislaturas de los estados y ante el Congreso y el Senado. Estas campañas están plagadas de mentiras sacadas de informes que pretenden ser académicos pero no lo son. Cada nuevo informe recoge las insidias y distorsiones difundidas por los anteriores y añade otras nuevas. Se acumula así, ante la opinión y los poderes públicos un inmenso basurero verbal que arroja su inmundicia sobre el buen nombre y la dignidad de los más explotados y, en el caso de los trabajadores inmigrantes en situación irregular, se vierten asimismo amenazas de denuncias para su deportación. Otra táctica consiste en presentar demandas contra las nuevas organizaciones de trabajadores que hagan gastar a éstas tiempo y dinero para defenderse e impedir que utilicen sus escasos recursos, entre ellos el tiempo, en la lucha por mejorar su condición.

    Esta actitud de la patronal norteamericana no difiere esencialmente de la imperante en otros países, por ejemplo en España. También aquí sufrimos las reducciones salariales, la precariedad en el empleo, el aumento del trabajo no pagado. Y tampoco faltan las campañas de difamación de los trabajadores, los ataques a los sindicatos a pesar de su docilidad, la criminalización de las protestas, los intentos de “regular” el derecho de huelga y la libre expresión. Únicamente no tienen los de aquí la capacidad ofensiva, ni la cultura y eficacia difamatoria de los norteamericanos. Pero todo se andará, y como la economía norteamericana es el espejo en que se mira la nuestra, y el poder económico y el subpoder político tienen su inspiración al otro lado del Atlántico, conviene que estemos avisados e intentemos prever el acrecentamiento de la desigual lucha de clases unilateral que libran los amos del capital contra una clase trabajadora, agredida desde todos los frentes, que no lucha ya más que por su supervivencia individual y que, en el actual momento histórico, carece de orientación y de fuerza ofensiva para cambiar este desdichado estado de cosas.


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[1] Gordon Lafer, economista político del Centro de Educación e Investigación Laboral de la Universidad de Oregon, cit. por Mariya Strauss, editora invitada de The Public Eye, en Dark Money, DirtyWork: The Corporate Crusade Against Low-Wage Workers. Political Research Associates. Consultado el 15/9/2014 en la web de esta entidad (PRA).
[2] Cit. por Mariya Strauss, ib.